ENTRE PICADOS, PULPITOS Y FIGURITAS DIFÍCILES
Una colección de relatos cortos situados en el conurbano semirrural durante los años ‘70. La nostalgia, lo lúdico y el valor de lo social en una época trágica, con la redonda de protagonista.
“En el campito, cuando se jugaba a la pelota, cada cual atendía su juego. ‘Yo juego arriba’, decía Aníbal, y allá iba. ‘Voy abajo’, definía Chacho, y se iba a parar cerquita del área. ‘Yo agarro el medio’, saltaba Santiago. Cada uno elegía el lugar que le gustaba. Así se iban acomodando las piezas. Las dudas solían aparecer cuando el pan y queso daba como resultado que en alguno de los equipos sobraba algún defensor y faltaba un delantero o alguien con más marca en el mediocampo. La cosa se ponía más brava cuando había un solo arquero para los dos o tres equipos. La solución entonces pasaba por hacer que Juan atajara un partido para cada uno, y el equipo que lo enfrentaba jugara con arquero volante, buscando que un jugador más de campo ayudara a emparejar el juego”, dibuja el periodista Miguel Hein en Hechos Pelota (Editorial Caburé) y resulta imposible no sentirse ahí mismo, en esa deliberación de mitad de cancha.
Hechos Pelota (en este link se puede acceder a la preventa) retrata la vida cotidiana en el conurbano semirrural de los años ‘70. Un mundo de baldíos y manzanas de dos o tres casas que ya no existe, en una época oscurecida por la tragedia dictatorial pero que en sus páginas logra salir de las sombras y rescatar lo mejor de los vínculos sociales gracias a la pelota, la protagonista de los 27 relatos cortos de este libro.
“La pelota es protagonista en todas sus formas. De trapo, de trapo con corazón de papel, de goma... ¡la famosa pulpo! De cuero, de aquellas pelotas de cuero que había que coserlas y que con la humedad o la lluvia se hacían imposibles de patear. Es un elemento que en ese momento dominaba las infancias, nuestro juguete. Ese juguete omnipresente en los hogares humildes o lo que fueran. Era lo que nos unía, lo que nos hacía pares en la escuela y sobre todo fuera de la escuela. El objeto que tapaba carencias, que nos enseñaba a compartir y ser solidarios, que nos servía como vehículo de información porque cuando nos juntábamos para jugar a la pelota sabíamos qué le pasaba al papá de este, qué le faltaba a la mamá de aquella, nos enterábamos de las buenas noticias y también de las malas”, cuenta el autor.

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Miguel Ángel Hein trabajó durante más de tres décadas en Página/12 como editor de Deportes y secretario de Cierre, atajando todo tipo de imprevisto nocturno como el arquerazo que es -según cuentan-, fiel discípulo de Sepp Maier. Ahora despunta en este nuevo rol por el que ya fue premiado en el Concurso de Poesía y Narrativa Breve Latinoamérica Escribe, por el relato Las manos, y en el Concurso Nacional de Cuento Corto 2024 de la Biblioteca Popular Babel, por su cuento El Pibe, que integra esta obra.
“Son vivencias que he ido recopilando, viendo, documentando cosas que han ido pasando. De muchas podría haber sido protagonista, pero si bien tienen una base de realidad son relatos de ficción”, agrega Hein, quien por supuesto no se olvida de mencionar a otro histórico del diario, Alberto Otamendi, el artista de tapa: “Un acrílico con técnica mixta especialmente pensado y realizado para este libro”.
En tiempos de aplicaciones de celular para contratar arqueros cuando falta uno para el partido del fin de semana, este viaje a una infancia más lúdica e inocente resulta un recordatorio esperanzador. En Hechos Pelota, ese artefacto redondo capaz de repartir alegrías y tristezas extremas por igual se pasea por los recreos escolares, atestigua el mágico mundo del trueque de figuritas, se pierde en el patio de alguna vecina, y se luce en los picados en los baldíos. Alrededor suyo se congregan niños, adolescentes, adultos, vecinos, familiares y laburantes. Desde los canillitas hasta los catangos, trabajadores del ferrocarril y organizadores de un memorable torneo peronista, pasando por el misterioso señor Kibeland, apicultor y estratega tan capaz de ordenar 30 colmenas como a un equipo dentro de la cancha. Si como suelen decir los mejores del rubro, el fútbol es la mejor excusa para contar historias, este libro les hace justicia.
El precio de Rojitas
*Por Miguel Ángel Hein
La escuela era el lugar donde nacían los primeros amores. Las discotecas o los lugares para ir a bailar recién despuntaban en Escobar y eran muy populares en el bajo Libertador de Vicente López. Por aquellas épocas, en Ingeniero Maschwitz había baile sólo en Carnaval. Y eran muy concurridos y muy festejados los que organizaba el Club Arenal. Tampoco había prendido demasiado la moda de los asaltos y los cumpleaños de 15 eran más bien reuniones gastronómicas muy familieras. Entonces, chicas y chicos se conocían, se trataban, se gustaban, se enamoraban en las aulas y en los patios, durante las clases y también en los recreos. Aunque era cierto que los intereses de unas y otros transitaban por caminos bien diversos. Incluso los juegos no eran compartidos. Las chicas preferían saltar la soga o el elástico, se entretenían con la rayuela. Aunque las maestras los retaran a cada rato, advirtiéndoles que no debían correr, los varones preferían patear una pelota de papel o usar ese amasijo redondo para jugar al quemado. Resultaba elocuente que se estaba por formar una pareja porque la chica y el chico en cuestión se separaban del resto y buscaban rincones poco concurridos para juntarse y hablar. Casi siempre ese inocente flirteo tenía como correlato la complicidad de las compañeras y las cargadas de los varones.
Había un solo elemento que rompía esa pared invisible entre mujeres y varones. Eran las figuritas. Las coleccionaban los unos y las otras. La moda entre las nenas en los tempranos 70 eran las figuritas con brillantina. Cuentos infantiles clásicos como Caperucita Roja tenían álbumes para completar con calcos que reproducían la figura del personaje en determinada situación. La brillantina rompió el modelo clásico de las figuritas destinadas a las más pequeñas. Entre los varones, las figuritas reproducían las caras de jugadores de fútbol, aunque también las había de pilotos de Turismo Carretera. En ese caso, el molde clásico lo rompieron las chapifiguritas, con los rostros de los ídolos impresos en chapa en lugar de papel. Y aquella pared invisible se derrumbaba por el mercado de intercambio que imponían las figuritas. Las nenas querían completar el álbum y no dudaban en proponerles a los varones que le consiguieran un calco que les faltaba a cambio de la figurita de un arquero, un delantero, un defensor que habían obtenido de algún hermanito, primo o quien fuera. El mismo modus operandi tenían los varones. Lo que las chicas no aceptaban era poner en juego sus tesoros en los juegos como la tapadita, donde se arrojaban las figuritas contra una pared y cuando una tapaba a otra, el que la había lanzado se quedaba con todo lo que había en el piso. Este pasatiempo había recobrado nuevo impulso en el sector masculino con las chapifiguritas, más fáciles de manipular en el lanzamiento y más dóciles a la hora de llegar al lugar al que el lanzador había apuntado.

"Sensacional novedad" Twitter
A medida que los álbumes se iban completando, subía la cotización de las figuritas faltantes. La ansiedad se iba apoderando de todos. En el kiosco enfrente del colegio y en el de la estación se hacían colas para comprar las figuritas cuando los viajantes llegaban los lunes con un nuevo cargamento. Se les pedía a los familiares que vivían en otras ciudades que trajeran de regalo esas figuritas. Ni hablar con los familiares que viajaban a diario a la Capital Federal. El rumor era que los fabricantes mandaban cargamentos con distinto contenido a cada ciudad. A pesar de tantos encargos, las figuritas difíciles nunca aparecían. A muchas chicas y chicos les ganaba el aburrimiento y desistían de completar los álbumes. Su único afán pasaba a ser tener el mayor número de figuritas posibles, repetidas o no. Y el pico de la alegría llegaba para los varones cuando en algún recreo “pelaban” (lo dejaban sin figuritas) al contrincante en alguna tapadita.
Entre los pocos varones que no capitulaban estaba Nelson. Él coleccionaba álbumes casi llenos. Por eso se había juramentado que el de 1970 que tenía en sus manos iba a ser el de su consagración. Las caras de ídolos como Cejas, Basile, Perfumo, Mas, Daniel Onega, Santoro, Yazalde, Pavoni, Roma, Bianchi, entre tantos otros, estaban pegadas a sus lugares. Comprando, intercambiando, arriesgando en muchos juegos, Nelson había llegado a mediados de agosto como el candidato más avanzado. Lo sabían en su grado, también los vecinos del barrio y, por supuesto, sus familiares. Todos se unieron en la búsqueda. Todos tenían sus motivaciones. Los compañeros de sexto grado A, porque estaban siempre queriendo mostrar que eran los mejores en cualquier actividad en la que participaran. En el barrio, porque si Nelson lograba su objetivo, iba a conseguir también una pelota de fútbol número cinco, el juguete más demandado, más compartido y más destruido en cualquiera de los abundantes potreros de esas geografías suburbanas. Los familiares, porque sus bolsillos descansarían de invertir en la compra ya enfermiza de esas figurita en cualquier lugar donde se enteraran de que fueren vendidas.
El lunes bien temprano, apenitas después de que hubieran entrado a las aulas luego de ser congregados por el timbre y recibir el infaltable buenos días con el cual la directora daba inicio a la actividad escolar matutina, Gustavo le dijo algo a Nelson pegando su boca al oído. Todo el grado sabía que debía de tratarse de algo muy importante, porque la señorita Nilda no permitía esos intercambios en sus clases. El susurro al oído produjo un efecto eufórico en Nelson, según lo contaban los varones, y lujurioso, según el relato de las chicas. Nelson tenía los ojos agrandadísimos, miraba a Gustavo y giraba para mirar a Mónica, su compañera de banco, y parecía no poder controlar los movimientos de su cuerpo. “Me puede explicar por qué no puede quedarse quieto, señor Nelson”, inquirió la señorita Nilda. “¿Yo? Yo no hago nada, señorita…” “Hágame el favor de venir al pizarrón. Nos va a ayudar a todos a resolver estos ejercicios que traje. Copie lo que le dicto. Y ustedes hagan lo mismo”, mandó la señorita. Nelson no era uno de los mejores alumnos, pero se las rebuscaba bien, y tuvo un aceptable desempeño esa mañana frente al pizarrón, según lo dijo en voz alta la señorita Nilda.
Cuando sonó el timbre avisando del primer recreo, Nelson se desesperó por interceptar a Mónica. A todos les pareció que tal vez en ese recreo se concretara el noviazgo. Era un secreto a voces que se gustaban, y que la señorita Nilda había aceptado que se sentaran juntos porque sabía ese secreto. Pero Nelson no buscó un rincón alejado para hablar. Al contrario, lanzó la pregunta en voz bien alta y en tono casi acusatorio cuando estaban bajo el dintel de la puerta del aula, que daba a un largo pasillo. “¡Tenés a Rojitas!”, fue la frase que hizo dar vuelta a varones y mujeres. “Me hacen el favor de salir al patio. Hablen allá”, protestó la señorita Nilda, que estaba de turno y debía salir a cuidar la conducta de los alumnos en el recreo y tocar el timbre anunciando el momento del regreso a las aulas.
Los alumnos de sexto A salieron del aula, cruzaron el pasillo y desembocaron en el patio, pero no se dispersaron. Formaban una ronda en cuyo centro estaban Nelson y Mónica. “Gustavo me dijo que te lo ganaste ayer, en unos sobres que te trajo tu papá de Rosario”, volvió a la carga Nelson, que sabía –como todos– que el papá de Mónica era viajante y representaba a una famosa marca de vaqueros en las provincias de Santa Fe y Córdoba. “Qué sabe ese”, respondió Mónica, señalando a Gustavo con su pera. “Mi hermanita fue a tu casa a jugar con la tuya y te escuchó cuando ayudaste a tu hermano a abrir los paquetes. Me contó que gritaste ‘¡es Rojitas, el que le falta a Nelson!’”, se explayó Gustavo, y agregó, desafiante: “Y si no decís la verdad, les cuento a todos lo que le dijiste a tu hermana Nene sobre lo que iba a tener que hacer Nelson para que le cambies la figurita que le falta para llenar el álbum y ser el campeón mundial de los juntadores de figuritas”. Mónica bajó la vista, atrapada, con su rostro más rojo que un tomate. Todos esperaban el ataque de Nelson, pero el compañero de banco la protegió, ayudado por el timbre que daba por finalizado el primer recreo corto, de cinco minutos.
La segunda hora de clase transcurrió con Mónica y Nelson sentados más cerquita que nunca. Ella parecía rendida, y él no encontraba la forma de frenar las miradas de sus compañeros varones que parecían rogarle que obligara a Mónica a dar una respuesta. ¿Tenía a Rojitas o no lo tenía? A Gustavo le habían contado, pero él no había visto la figurita con el ídolo de Boca.
A medida que transcurría la segunda hora, la pareja dejó de llamar la atención y también ellos ya no estaban sentados tan pegados. Los ejercicios que proponía la maestra requerían máxima atención. Era difícil resolverlos. Todos sabían que no era suficiente con que el resultado de las operaciones fuere el acertado. La señorita Nilda quería que estuviera bien cada uno de los pasos del procedimiento. Y todos sabían que la maestra los iba a convocar uno a uno a su escritorio en la tercera hora para que le mostraran el resultado y el procedimiento. En eso estaba el grado completo cuando la señorita corrió su silla, se levantó y pidió: “Voy a tocar el timbre. Compórtense y salgan todos del aula”. Entonces, Mónica le pasó algo a Nelson, éste miró ese objeto redondo, giró y besó en la boca a Mónica, que le levantó la mano izquierda a Nelson y anunció a viva voz, para que todo sexto A escuchara: “¡Este es el campeón mundial de los juntadores de figuritas, mi novio, Nelson!”.



















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