EL GENOCIDA QUE ENTREGARÁ LA COPA DEL MUNDO
Trump está de moda, de la mala. Es el personaje del año. Combina bombardeos con gambetas. Es un hombre que mata bien. Demasiado bien. Mata al por mayor, sin establecer grandes distinciones morales entre una matanza u otra. Sus guerras se suceden como quien lanza carozos de aceitunas, una detrás de otra. Las escupe como si fueran “realitys” televisivos, sin mucho contenido, algo de consumo rápido, para pasar al siguiente conflicto. Una forma macabra de hacer política. ¿Cuánto tardamos en reconocer quiénes nos van a joder la vida? ¿Les suena?
Existe una tropa de ultraliberales enajenados que han construido un sistema de normalización del horror tan eficaz que ya no hace falta ni órdenes, ni censura. La barbarie ya no se oculta, queda diluida en miles de contenidos banales y la siempre generosa tarjeta de crédito humeante. Queremos vidas esponjosas, ligeritas, licuadas, para distraernos, con poco peso. Así se abrió un nuevo frente, más correoso y más difícil de derribar: el que conforman los indiferentes. Sujetos que se han excluido de la realidad, que carecen de ideales o han dejado de buscarlos. El orden mundial cambia, pero resulta inquietante la tranquilidad con que renunciamos a la defensa de nuestras convicciones.
En esa manía de pensar y pensarnos, debemos reconocer que nos pensamos poco. En este mundo de irreconocibles espejos deformantes, de realidades no imaginadas, ¿con qué criterio ético y moral se puede aceptar que un copartícipe genocida entregue el máximo galardón del fútbol internacional en el próximo Mundial, y no se nos caiga la cara de vergüenza? Miserable imagen nos espera: Trump entregando la copa del Mundial y el mismo hombre a la misma hora asesinando civiles inocentes al otro lado del mundo. Qué secuencia de la infamia más abyecta. ¿Cómo se juzga esto? No sé cómo lo juzgarán nuestros descendientes, pero habrá que dejarles bien razonado el cinismo; si no, se lo van a creer.
Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que quien normaliza el comportamiento de un genocida eleva su impunidad, y cuanto más se toleran sus desmanes, más se agranda su poder. Mientras transigimos con cada silencio o gesto de indulgencia, con cada crítica aplazada, contribuimos a ampliar su margen de maniobra. En realidad, no llegamos tarde a reconocer el genocidio gazatí, sino a admitir que siempre supimos que lo era.
Quienes así pensamos no estamos en contra del Mundial, interpelamos si es moralmente ético que se juegue en un país que, en la actualidad, bombardea ciudades y mata niños inocentes. Resulta cuanto menos aberrante que un genocida sea uno de los protagonistas del mayor espectáculo popular del planeta, cuando, como mínimo, debería ver el acontecimiento



















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