RONALDINHO, EL ÚLTIMO GRAN MAGO
Desde su camino haciendo jueguitos por las calles de Porto Alegre hasta alcanzar la cima del fútbol mundial: una historia de vida conmovedora.
Todo empezó en las calles de Porto Alegre, yendo a buscar a su padre al bar cercano de su casa de infancia, para avisarle que estaba lista la cena. En el trayecto, el desafío era que la pelota que llevaba en sus pies no tocara el piso. Los vecinos miraban sorprendidos sus malabares y todo era un festival de onomatopeyas para festejar la destreza circense. Su nombre es Ronaldo de Assis Moreira, pero dentro de una cancha (y fuera también, claro) se lo conoce como Ronaldinho Gaúcho o Ronaldinho, a secas. Su sueño era ser futbolista como lo había sido su hermano mayor Roberto de Assis Moreira, quien hizo su carrera en Gremio.
“De niño, mi sueño era ser famoso. Claro que nunca imaginé que, incluso después de retirarme, seguiría siendo famoso. Adonde voy, la gente me trata con mucho respeto y cariño. Tengo que agradecerle cada vez más a Dios porque nunca imaginé que mi vida sería tan perfecta y tan grande como es hoy”, comenta Ronaldinho en su propio documental que se estrenó en Netflix a mediados de abril con el nombre “Ronaldinho: The One and Only”. La miniserie son tres episodios que muestran la niñez del exfutbolista brasileño, la temprana pérdida de su padre João, que falleció a los 42 años de un infarto, su debut en Gremio, la huella de fútbol total que dejó en Paris Saint Germain, la Copa del Mundo en 2002 con la Verdeamarela y el arribo a Barcelona.
Cada escena dentro de una cancha es una pieza memorable donde se producen actos de magia e indomabilidad. Ronaldinho jugaba a otra cosa; sus movimientos exaltaban el asombro y la expresión de no creer lo que se veía. Caño, gambeta, pases con la espalda, firuletes invertebrados, cultor del famoso “not looking” –dar asistencias mirando hacia el lado contrario-, un díscolo alejado de los hábitos y la repetición. Verlo jugar era romper las cadenas de lo previsible. Sonrisa constante en su cara, hasta para salir a la cancha; el fútbol con Dinho era sinónimo de diversión.
Para muchos amantes de este deporte, al igual que con otros nombres que lo hicieron más bello, su ausencia dentro del campo de juego –su último partido profesional fue con Fluminense y en 2018 se retiró– hace resonar algunas frases del tango Caminito, teniendo en cuenta que el juego hoy se ha vuelto una sombra de lo que supo ser. “Desde que se fue, triste vivo yo”. Todo es más acomedido y cualquier arrojo de habilidad está mal visto por los entrenadores. La última gran novedad, lo más parecido a la ambición lúdica de Dinho, se vio en el partido de Champions entre PSG y Bayern. Lejos de la mediocridad y la rutina, se hizo la gran obra colectiva y se animaron a darle algo más a los testigos de ese evento. Algo único e irrepetible: un poco de fútbol.
“Fue más importante él para mí que yo para él”, dice Lionel Messi, uno de los entrevistados que aparecen en el documental, compañero de Ronaldinho en el Barcelona durante tres años y medio. “Él era el más importante en ese vestuario y la forma en la que se acercó a mí, cómo me trató desde el primer día, hizo que todo fuera más fácil, que me relaje, que disfrute de jugar”, recuerda el actual futbolista de Inter Miami, quien se metió a ese vestuario Culé de grandes figuras con tan solo 16 años y juntos disfrutaron de asistencias y goles que fomentaron el último abrazo de los máximos representantes de lo que se denomina “crack” o “genio”.
Suman sus testimonios Neymar Jr., Ronaldo Nazário, Carles Puyol, Joan Laporta y su único hijo, João Mendes. En una parte del documental, los ojos de Dinho se enrojecen y reconoce que lo que más lamenta en su vida es no haber estado presente en el nacimiento de su hijo por sus compromisos con el fútbol: “Ese es un error que, si tuviera la chance, no volvería a cometer”. En los capítulos de este documental hay lugar para las críticas que recibió por su vida nocturna y el escándalo de su estadía en la cárcel de Paraguay durante 173 días por haber ingresado con documentación falsa.
“Nos vimos atrapados en una situación ajena a nosotros en la que no teníamos nada que ver”, se defiende su hermano, Roberto de Assis Moreira, referente y representante de Dinho, quien se responsabiliza de la situación por haber “confiado en la persona equivocada”. En 2020, Jorge Valdano escribió una defensa y dijo: “En el único lugar que Ronaldinho se comportó como un subversivo fue dentro de una cancha”, y el veredicto de su pluma concluyó que su encarcelamiento era: “metáfora de un fútbol cada vez menos libre. Los entrenadores lograron controlar el juego: homogeneizarlo, simetrizarlo, sistematizarlo, todas palabras complejas porque lo que lograron, efectivamente, es complejizarlo”.
Ronaldinho tiene su biopic, merecida, por cierto, y lo que queda claro es que lo excepcional dejó de ser una regla del fútbol. Todo está más controlado, más analizado y no quedan huecos para la fascinación. Los jugadores salen a la cancha con ceño fruncido y la preocupación de un examen final. Es la era de la impermanencia de la diversión. “No me gusta ver fútbol. Solo me gusta ver los mejores momentos; 90 minutos es demasiado… Me pongo nervioso. Uno empieza a pensar: ‘¿Cómo ese tipo pudo errar ese pase?’. Y ahí me empiezo a enojar”, dijo Ronaldinho hace unos meses. Diagnóstico demoledor.
Por suerte, queda YouTube para ver las grandes jugadas del “Mago” de Porto Alegre.



















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