VUELO A LA TIERRA DE LOS CORREDORES
El autor viajó a Kenia para ver cómo se forman las futuras figuras del atletismo mundial. Volvió para contarlo en un libro.
En Kenia, todo pasa por correr. Quienes corran más rápido, quienes logren entrar en el sistema de entrenamiento de los cazatalentos del running, encontrarán la esperanza (y mucho más) de salir de la pobreza general. En Kenia, de los 58 millones de habitantes (ONU, 2026), el 0.1 % concentra la riqueza; el resto vive como puede y come lo que encuentra. Subsiste con el agro y la ganadería y sueña con la gloria. Casi siempre tan lejana.
Son pocos los que llegan a la élite mundial del atletismo. Pero cuando llegan, tienen todas las de ganar. Pueden cambiar de nacionalidad, pero, sobre todo, de nivel de vida. Comida a elección, automóviles, viajes y fama.
Kenia es, junto a Etiopía, el semillero del atletismo mundial. En fondo, mediofondo y velocidad. Entre los kenianos y kenianas destacados están el maratonista Eliud Kipchoge, el pionero y olímpico Kipchoge Keino, el recordman Paul Tergat (el primero en bajar los 2.05.00 en maratón), el récord mundial de maratón Kelvin Kiptum (su muerte en un accidente de tránsito, hace poco más de dos años, conmocionó a su país y al mundo del atletismo) y la mediofondista y olímpica Faith Kipyegon. Y entre los velocistas, Ferdinand Omanyala, Maximilla Imali, Veronica Mutua y Mike Mokamba, por mencionar a algunos.
Entre julio y agosto de 2022, el periodista y corredor argentino Damián Cáceres se instaló en la localidad keniana de Iten, considerada la cuna de los campeones del running. Entrenó en la prestigiosa escuela de atletismo Cloud 9. “Fueron 31 días”, celebra en diálogo con este medio. Quería saber cómo es ese país del que salen los mejores del atletismo. Compartió jornadas con entrenadores y corredores. Salió cada madrugada a correr con ellos. Al principio, le costaba seguirles el ritmo. Y al final, también, pero la diferencia se notaba menos. Lo cuenta en un libro de reciente publicación, Huellas de Kenia - Viaje a la tierra de los corredores (Ediciones Al Arco). Trabajo enorme que refleja, una vez más, que el deporte es más que deporte.
Cáceres se arrimó a los que son atletas y a los que sueñan serlo. Y a los que fueron. Charló con una vieja gloria del atletismo que ahora regentea un hotel de mala muerte y que perdió todo después de un doping que le cortó la carrera. Cáceres describe su decepción ante el ídolo caído, sobre todo cuando ve el movimiento del vaso que lleva en su mano que no para de temblar, producto de los años de alcoholismo que siguieron al castigo deportivo. “Nunca me drogué, me inventaron todo”, se defenderá Wilson Kipsang. Su hotel, cuenta Cáceres, “es un enorme contraste con lo que fue. Tal vez una metáfora de la vida, una moraleja entre aquel Kipsang exitoso, como deportista y empresario hotelero, y el actual, que parece una sombra en forma de persona”. “Un inmenso océano de excusas”, agrega.
Encuentra argentinos por cualquier lado. Todos fanáticos de Diego y de Messi. Muchos vinculados al atletismo; de hecho, son quienes lo arriman a los entrenadores y corredores con los que conversó durante su estadía. De ahí, una red de datos curiosos sobre Kenia y el atletismo.
“En el atletismo de fondo -cuenta Cáceres- exige un diálogo constante con uno mismo que no admite evasiones. Como en el tenis, la natación o el ciclismo, la mente toma el control y marca el pulso: puede ser una aliada generosa o una fuerza tenebrosa. Y ese monólogo interior puede extenderse durante horas. Hay días en los que acompaña como un motor sigiloso; otros, en los que se transforma en una carga que frena y desgasta hasta convertirse en un ancla invisible que arrastra hacia el fondo”.
El atletismo es uno de los deportes que mayor cantidad de seguidores moviliza. Entre esos seguidores hay televidentes, el oro puro de estos tiempos. Si en Argentina nos matamos por el fútbol y en Estados Unidos por la NFL o en Colombia por el ciclismo, el atletismo es un mundo aparte. Cada vez son más los que asoman al running y las grandes empresas de comunicación lo saben. Si África es la cuna, el mundo es la casa.
En Kenia hay museos destinados al atletismo y hasta empresarios locales que apuntan a llevar sus joyas atléticas a países europeos y americanos a cambio de contratos seductores. Pero a la vez, están los empresarios europeos y americanos que saben dónde echar el ojo. De eso también cuenta este libro. Y de hombres y mujeres que a veces corren descalzos y que pueden llegar a firmar su futuro a cambio de un par de Adidas. De personas que no cuentan con dietas balanceadas para entrenar, sino acaso ganas, porque correr, en esas tierras, es como para nosotros patear una pelota.
Ahí está, por ejemplo, la historia de Mary Keitany, 44 años y ganadora de siete grandes maratones entre 2011 y 2018. Nació en 1982 en una familia de granjeros. De chica caminaba descalza durante tres kilómetros para llenar un balde con agua de río y corría diez kilómetros diarios para ir a la escuela. Cuando faltó el dinero para seguir estudiando, se empleó como niñera. Un tío la contactó con una escuela privada de Nairobi, donde la aceptaron y empezó a correr. Tenía 24 años cuando conquistó el Medio Maratón de Sevilla, España, su primera competencia internacional. Al retirarse del profesionalismo, en 2021, ya era una ídola total del deporte keniano.
No todos los atletas tienen GPS, sino que miden distancias y tiempos por conocimiento del lugar y la salida o caída del sol. Habitualmente se dice que el del running es un mundo aparte, como puede serlo el de cualquier otra actividad o hobby. Cáceres destaca algo que le dicen poco antes del regreso: “Recuerden que el running es pasión y amor; el running es siempre entrenamiento duro porque acá no hay atajos. Que quede claro, nosotros no conocemos eso, damos lo mejor, no nos guardamos nada y siempre corremos lo mejor posible sin guardarnos nada”. Casi una disciplina militar.
Hay una recomendable novela de la escritora estadounidense Lionel Shriver: El movimiento del cuerpo a través del espacio (Anagrama). Es una historia relacionada con el atletismo y el mundo que vivimos. Cuenta sobre una pareja que pasa los 60 años. Ella casi dejó las actividades deportivas: su cuerpo le pasó factura. En cambio, su marido, Remington, sedentario, un día se levanta con la idea de dedicarse al running. Se compra las mejores zapatillas, se prepara una nueva alimentación, se levanta temprano y se hace de nuevos amigos y amigas; incluso contrata una entrenadora que lo “estimula” a sentirse joven. Se pesa todo el tiempo, se compara con los otros integrantes del grupo de corredores. Shriver nos habla a la vez de un mundo narcisista y de una sociedad endeudada por el capitalismo, como la norteamericana. “Remington había sido víctima del típico impulso norteamericano de no escatimar dinero en cosas que no podían comprarse”, se describe al protagonista.
Pero hay otra frase que tiene que ver con el running en sí. Una frase que muestra que siempre hay dos caras para una moneda: “A nadie le encanta. La gente finge que le encanta, pero miente. Lo bueno de verdad es haber corrido. Mientras lo haces, es una lata y muy arduo. Es decir, requiere mucho esfuerzo, aunque dominar la técnica no es difícil. Es repetitivo. No te abre las puertas del cielo, aunque estoy segura de que eso es lo que te han hecho creer”.



















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